Un impuesto llamado inflación

La inflación en Argentina acumula entre 2002 y 2021 aproximadamente un 10.000%; es decir, los precios se han incrementado, a nivel general, unas 100 veces. Además, nuestro país se ubica en el cuarto lugar de los países con mayor inflación del mundo, después de Venezuela, Sudán y Surinam, sobre un total de 193 países. Este proceso devastador de la planificación económica y causante de un conflicto social absolutamente desgastante, ataca con mayor crudeza a los más pobres, dejándolos expuestos a la marginalidad y a la merced del asistencialismo permanente.

En los siguientes renglones intentaré abordar la problemática desde un enfoque concreto y pragmático a través de un ejemplo creado a los efectos de iluminar en este tema del que tanto se habla y pareciera poco entenderse, de lo contrario, estaríamos todos trabajando juntos para combatirlo.

Analicemos la economía de dos personajes en una breve historia:

José gana $200.000 por mes, de los cuales destina $60.000 a gastos de subsistencia (el 30% de sus ingresos mensuales). Por otro lado, María gana $40.000 por mes, de los cuales destina $30.000 pesos a gastos de subsistencia (el 75% de sus ingresos mensuales). Si bien estas proporciones han sido elegidas arbitrariamente, permítanme suponer que en esos niveles de consumo está todo lo necesario para que una persona pueda gozar de un estándar de vida razonable: alimentación, salud, educación, trasporte, vestimenta y servicios elementales.

Primero que nada, cabe aclarar que en términos económicos José goza de mejor calidad de vida que María (podríamos decir el doble), ya que gasta más dinero en sus gastos de subsistencia. En segundo lugar, agregaremos que el dinero restante ($140.000 para José y $10.000 para María) se ahorran en un activo financiero que sigue a la perfección el ritmo de la inflación (supongamos un plazo fijo UVA o un bono ajustable por CER).

Resulta que el país donde viven nuestros personajes padece de una inflación preocupante, alcanzando el 33% para el año en cuestión. Por lo tanto, podemos decir que los gastos de subsistencia de ambas personas aumentarán en tal medida si suponemos que mantienen igual de nivel de consumo, es decir, no pierden calidad de vida. En tal caso, José incrementaría sus gastos nominales a $79.800 y María a $40.000.

El problema se presentará cuando no existan aumentos en sus ingresos, o los mismos aumenten por debajo de la inflación. Si presentamos un caso extremo, en donde ninguno de los personajes recibe aumentos en sus ingresos, podremos decir que María pasaría a consumir todo lo que gana, mientras que a José aún le sobra dinero para ahorrar. De esta manera, María queda expuesta a la posibilidad de que los próximos incrementos en sus ingresos se realicen por debajo de la inflación, teniendo que recurrir obligatoriamente a una reducción de su calidad de vida (deberá elegir entre resignar cantidad y/o calidad en los bienes y servicios que consume).

Si bien José se ve perjudicado por la situación, aun dispone de un elemento altamente valioso para circunstancias tan extremas: TIEMPO. El tiempo viene dado por los ahorros que haya podido generar y por un ingreso que aún le permite seguir soportando aumentos en los gastos de consumo sin resignar calidad de vida.

De esta manera, observamos que cuánto mayor proporción de su ingreso destina a consumos de subsistencia una persona, más frágil es su situación económica en contextos inflacionarios, y mucho más expuesta está al impuesto inflación, porque el mismo ejerce presión sobre una proporción mayor del ingreso que en el caso de una persona que goza de excedentes suficientes como para ahorrar. Es decir, cuánto mayor sea la proporción de los ingresos destinados a consumos de subsistencia de una persona, más alta será la tasa del impuesto inflacionario que se le aplica. En el caso de María, paga $10.000 de impuesto inflacionario (el 33% de $30.000 que consumía inicialmente) que representa el 25% de su ingreso (tasa del impuesto para María). Mientras que José paga $19.800 de impuesto inflacionario (el 33% de $60.000 que consumía inicialmente) el cual representa el 9,9% de su ingreso (tasa del impuesto para José). Es un claro ejemplo de lo que en el derecho tributario se denomina un impuesto regresivo, en donde la tasa del tributo castiga más a las personas que se encuentran en posiciones de menor capacidad contributiva. Es por ello que la inflación es conocida también como el impuesto a los pobres.

Retomemos la idea del TIEMPO. Cuando una persona dispone de tiempo es posible pensar, establecer estrategias y hasta asesorarse para invertir en activos que superen la inflación. Además, como la economía es cíclica, seguramente volverá a gozar de una recuperación de su ingreso real. Por lo tanto, dispone de un tanque de reserva que le permite ajustarse, pensar y recuperarse sin afectar su calidad de vida en esencia. Incluso aún, José podrá mandar a sus hijos a mejores colegios que María, y hasta podrá otorgarles la posibilidad de que accedan a la educación universitaria durante algún tiempo, quizá el suficiente como para que la situación económica le permita recuperar la situación inicial.

Por el contrario, el pobre queda siempre expuesto a la inflación, que lo afecta de manera directa y atenta rápidamente contra su calidad de vida, deteriorando su entorno inmediato y mediato, debido a que seguramente sus hijos no gocen de circunstancias que le permitan educarse y preparase en la medida que el mundo que viene les demande. ¡He aquí la pobreza estructural!

Es por ello que todo plan que pretenda reducir la pobreza deberá ir acompañado de un plan antiinflacionario serio y sostenible como política de Estado (más allá de cada Gobierno). Más inflación genera más pobreza, afirmación que se puede corroborar, más allá de nuestra breve y simple historia, al observar el podio de países más inflacionarios mencionados en el primer párrafo. Es necesario combatir la pobreza otorgando la posibilidad de que las personas logren un ascenso económico y social estructural, y no coyuntural. Para ello debemos comprender que “alimentar a los pobres” no es lo mismo que “alimentar la pobreza”. En la primera idea podemos otorgar la oportunidad de que una persona se desarrolle, crezca y se supere en mejores condiciones, mientras que, en la segunda, la única que absorbe los nutrientes de los alimentos es un sector de la clase política.

Federico Michi

Cuando ignoramos la ignorancia

Hay cosas que sabemos que sabemos…

Sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos…

Sin embargo, hay cosas que no sabemos que no sabemos…

Dedico largas horas de mi vida a la actividad del pensamiento, y dentro de ella, una gran proporción a buscar la manera de definir el concepto de incertidumbre para diferentes tipos de audiencias. En toda ocasión que me embarco en esta tarea, atravieso inevitablemente por el concepto de riesgo.

Habitualmente, en todo curso académico, nos enseñan que el riesgo implica cuantificación de los eventos basados en información, mientras que en incertidumbre reina el desconocimiento absoluto.

Algunas veces, abordo la temática aludiendo a una analogía sobre el cuarto oscuro: Imaginemos que se nos presenta el inconveniente de tener que atravesar un cuarto que se encuentra completamente oscuro, en el cual no sabemos con qué obstáculos nos toparemos, y ni siquiera aún, si habrá obstáculos. Cuando esto sucede (a todos nos ha pasado alguna vez) caminamos tirando patadas suaves al aire y con movimientos de sonámbulo en los brazos como si fuera una especie de danza fantasmagórica. Llamamos a esto: incertidumbre.

Ahora bien, para transformar la escena de manera tal que la incertidumbre mute a riesgo, tan sólo será suficiente con hacer un fugaz destello de luz, como un flash, en la habitación. De esta forma, es posible identificar obstáculos sobre los cuales el cerebro intenta armar un mapa en su memoria. Si bien la actividad mental que se inicia es incómoda, nos permite tener alguna idea más cercana de qué podríamos encontrarnos en el camino.

Si retomamos las palabras escritas al inicio de este ensayo, en las cuales parafraseo a Donald Rumsfeld (ex Secretario de Defensa estadounidense), podríamos asociar las primeras dos oraciones al concepto de riesgo, mientras que la última, oscila en el plano de la incertidumbre.

Cuando tenemos la posibilidad de divisar sombras de posibles obstáculos en el camino, generamos información que el cerebro recibe y procesa, y de alguna manera, traza un trayecto para atravesar el cuarto. En esta instancia se sabe que se sabe sobre la ubicación y tipo de ciertos objetos, pero también el cerebro sabe que no se sabe la ubicación exacta de algunos de ellos, ni tampoco sobre la consistencia o resistencia de cada uno de ellos. Por el contrario, cuando el flash nunca se presenta, el cerebro ni siquiera sabe que no sabe con qué se podría encontrar. Así, de golpe, una caída de 2 metros por una ruptura en el piso es algo prácticamente inimaginable en el planteo inicial. En incertidumbre, se pueden presentar eventos que nuestra imaginación ni siquiera llegó a elaborar.

Los humanos dedicamos la vida, carreras académicas, investigaciones y profesiones a trabajar con lo que sabemos que sabemos. En menor proporción, trabajamos con lo que sabemos que no sabemos, de hecho, a esto se dedican los analistas de riesgos (hasta incluso, el mismo Sócrates sabía que no sabía nada). Sin embargo, se vuelve casi inexistente el tratamiento o administración de lo desconocido, es decir, qué hacer con lo que no sabemos que no sabemos. El no tratamiento de la incertidumbre nos dificulta el desarrollo de acciones posibles ante lo desconocido, contribuyendo al pánico y paralización en momentos en que la acción puede resolver problemas de manera determinante.

Sabemos que un perro puede morder a Juan, no sabemos si el perro morderá a Juan. Finalmente, fue Juan quien mordió al perro. ¿Alguien lo imaginaba?

LA OCTAVA MARAVILLA DEL MUNDO

Cuenta la historia que el flamante físico Albert Einstein se refirió a la capitalización compuesta como la fuerza más poderosa del universo. Si bien puede parecer una ilusión óptica, la realidad es que, una tasa de interés aplicada a un capital en el transcurso del tiempo, arroja resultados tan extraordinarios que pone los pelos de punta a más de uno.

La lógica resulta poco intuitiva porque nuestro cerebro está acostumbrado razonar linealmente. ¿Qué significa razonar linealmente? Supongamos que disponés de $1.000 hoy y los colocás a invertir al 2% mensual. En un pensamiento lineal se espera que el rendimiento para 12 meses sea del 24%, y que, al cabo de 1 año, ese capital alcance los $1.240.

Sin embargo, la esencia del concepto al que se refería Albertito reside en comprender que los $1.000 producirán intereses durante el primer mes, los cuales, junto al capital inicialmente colocado, serán sometidos a capitalizar en un segundo mes. Entonces, ya no sólo se producirán intereses sobre el capital inicial exclusivamente, sino que, también, se generarán intereses sobre los intereses. De esta manera, se produce un crecimiento exponencial de la riqueza gracias a una simple, pero no por ello menos poderosa fuerza, llamada capitalización compuesta, convirtiendo los $1.000 iniciales en $1.268 al cabo de un año. Por más pequeña que parezca la diferencia (respecto de la del pensamiento lineal), la misma se irá ampliando cada vez más a medida que aumentemos los años de inversión, confundiendo incluso al mismo homo economicus.

Una breve historia:

Corría el año 2000 en el que Lu y Ale tenían 30 años. Los dos fueron despedidos de una empresa recibiendo una indemnización por el equivalente a 10.000 dólares cada uno.  Al poco tiempo, consiguieron un nuevo empleo, motivo el cual les permitió disponer del dinero indemnizatorio para lo que desearan. Por un lado, Lu cambió el auto y se tomó unas buenas vacaciones para recibir con plenitud la nueva etapa laboral que le esperaba, mientras que Ale se asesoró y decidió invertir los 10.000 dólares en la bolsa de valores.

Además, supongamos que nuestros personajes en sus nuevos empleos tuvieron ingresos durante los siguientes 21 años por el equivalente a 1.000 dólares mensuales en promedio cada uno (total anual de 13.000 si incluimos aguinaldo). Supongamos que Ale ahorró 2600 por año (resignando consumo) e invirtió ese sobrante, mientras Lu disfrutó de una vida más lujosa, gastando la totalidad de sus ingresos.

Los personajes de nuestra historia se han vuelto a reencontrar para festejar su cumpleaños número 50. Luego de una hermosa cena, y ya en la sobremesa, surge una conversación respecto del balance patrimonial personal de Ale, al 15 de junio de 2021:

  • Los 10.000 dólares de la indemnización invertidos por Ale se han transformado en 31.931.
  • Los 2600 dólares anuales ahorrados e invertidos por Ale se han transformado en 74.765.
  • En los últimos 20 años, Ale acumuló 106.696 dólares más en su patrimonio que Lu.

Sería pertinente aclarar que, si bien los 1000 dólares mensuales de salario de los personajes de nuestra historia podrían interpretarse como un valor elevado para los tiempos que corren en Argentina, no es un salario alejado de la realidad en comparación del que se podía gozar hace 3 o 4 años atrás. Retomando, se puede decir que los resultados se vuelven sorprendentes cuando el valor tiempo del dinero hace su trabajo capitalizando compuestamente, y se muestra como una fuerza poderosamente arrolladora a la hora de pensar en dinero. Entonces, la pregunta que cabe hacerse es: dado que no tiene costo alguno usarlo, ¿por qué desperdiciar semejante poder que podría estar en manos de una persona?

Ceteris Paribus y el equilibrio financiero

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La inflación es un fenómeno que golpea fuerte y directamente sobre el componente del gasto de una persona o familia. Por otro lado, tenemos el ingreso, el cual se ha detenido en el tiempo tras quedar involucrado en una crisis económica que adquiere día tras día dimensiones catastróficas.

En este contexto denominado estanflación, que refiere a un entorno económico con elevada inflación y nivel de ingresos estancado, haremos un ejercicio típico de finanzas personales. Para ello, proyectaremos los gastos en función de diferentes niveles de inflación esperada, al mismo tiempo que aplicamos el concepto ceteris paribus (todo lo demás constante) sobre: 1) los ingresos, es decir, suponemos que no hay aumentos; 2) la calidad o nivel de vida, es decir, suponemos que seguimos consumiendo en la misma cantidad y calidad que lo veníamos haciendo.

Para este ejercicio, lo único que necesitás saber es el porcentaje de ahorro sobre tus ingresos mensuales. Una vez identificado ese dato, ingresás al cuadrito por la parte izquierda (zona verde) eligiendo el porcentaje de ahorro que más se asimile a tu situación. Luego, te movés hacia la derecha y, para diferentes niveles de inflación esperada, encontrarás cuántos meses restan para que te encuentres en el punto de equilibrio financiero personal, al que llamo “momento de estrangulación financiera”. El momento de estrangulación financiera es aquél en donde tus ingresos igualan a tus gastos, o, dicho de otra manera, es el momento a partir del cual ya no podrás hacer frente a tus gastos.

Entonces, por ejemplo, para una persona que ahorra el 20% de su ingreso, si suponemos que no recibirá aumentos y que continúa consumiendo la misma cantidad y calidad de bienes y servicios que hoy, llegará al estrangulamiento financiero en 8 meses (si la inflación mensual proyectada fuera del 3% mensual), en 6 meses (si la inflación mensual proyectada fuera del 4%) y en 5 meses (si la inflación mensual proyectada fuera del 5%).

Para poner en dimensión lo preocupante de la situación, debemos mencionar que la inflación promedio mensual en lo que corre del 2021 es del 4,13%, por lo tanto, no sería descabellado suponer que el escenario esperado para los próximos meses oscila entre el 4% y 5%. La expectativa se vuelve más robusta al considerar en el análisis el continuo financiamiento del déficit fiscal con emisión monetaria, la cual sabemos, en un país con una baja demanda de su moneda local, se traslada a inflación.

La importancia del dominio de las finanzas personales reside en la posibilidad de anticiparse a problemas futuros, pudiendo tomar decisiones inteligentes hoy que puedan evitar situaciones no deseadas. Ser consciente de la realidad económico-financiera personal y tener conocimientos sobre potenciales alternativas, otorga solidez y lucidez en las decisiones, impactando directamente en la calidad de vida de las personas.

Lamentablemente, la educación financiera no forma parte de los contenidos mínimos de los planes de estudio en la educación escolar. No otorgar la importancia adecuada a estos saberes, como elemento fundamental de la constitución de un ciudadano, implica entregar el futuro de la población en las manos del azar.

El Costo de Decidir

En la vida casi todo se trata de decidir, proceso que termina arrastrando la acción de resignar. Es inevitable la presentación de problemas de optimización sin la aparición de restricciones que empañen el proceso de resolución, nos incomoden y nos perturben la conciencia.

Mi abuelo suele decir no se puede cantar y chiflar al mismo tiempo.

El ser humano oscila entre la administración de recursos limitados y la satisfacción de necesidades ilimitadas. Es éste el problema económico fundamental, y de él se ocupa toda la ciencia económica. Para arribar a buen puerto, debemos iniciar un proceso de trade off, de intercambio entre dos o más alternativas. Así, es posible encontrar situaciones en la vida cotidiana en donde se presenta el dilema de decisión-resignación, tal como desarrollamos a continuación:

Trabajar más vs ocio: A una persona que trabaja a jornada completa, digamos por ejemplo 8hs diarias, se le presenta el dilema de tener que elegir entre 1) trabajar más, resignando tiempo libre, 2) utilizar el tiempo libre para diversión, resignando ingresos. ¿Cuánto vale el ocio? Se podría cuantificar como el ingreso al que resigna por elegir disfrutar del tiempo libre.

Trabajar vs estudiar: Uno podría plantear el problema en términos de esta decisión que algunas personas enfrentan en algún momento de su vida. Al elegir estudiar una carrera universitaria se está resignando ingresos que podrían haberse obtenido de haber elegido trabajar durante ese tiempo. Y viceversa, al elegir trabajar, en vez de estudiar, se está resignando un mayor ingreso a percibir como profesional luego de concluir los estudios.

Pasar tiempos con nuestros amigos o nuestra pareja: Llevado a un plano más emocional, el intercambio se lo puede plantear en términos de tiempo con la pareja y con los amigos. Dedicar más tiempo a estar en pareja, implica menos tiempo dedicado a las amistades o actividades individuales en general, y viceversa.

Si bien los ejemplos elegidos reducen el problema a niveles excesivamente binarios sin contemplar grises (como un hobby que genere ingresos o reuniones con pareja y amigos), sirven para exponer la multiplicidad de situaciones en la que una persona aplica estos razonamientos de fondo en su vida cotidiana. Ahora bien, en economía, este dilema se analiza a través del concepto de costo de oportunidad, que se define como todo aquello a lo que se resigna tras elegir entre una u otra alternativa, atravesando por toda una gama de combinaciones que optimizan el bienestar. Sin embargo, el ejercicio se vuelve mucho más complejo cuando lo que está sometido a elección son valores humanos de difícil cuantificación, dejando en manos de ideologías, la intuición y la conciencia, el valor de tales decisiones.

El dilema de la pobreza y la educación

Lejos de querer intervenir en la discusión que los dos sectores políticos predominantes de Argentina se han encargado de mediatizar, debemos enfrentar una realidad que el Covid-19 ha propuesto. Los países pobres enfrentamos un dilema inédito, que pareciera estar basado en la decisión de tener que elegir entre: 1) cerrar la economía y combatir el covid (incrementa la pobreza) 2) abrir la economía dejando en libertad la circulación del virus (mayor efecto del COVID en la salud general). De alguna manera, la decisión se reduce a dos alternativas que parecieran actuar como falsas opciones, pobreza vs salud, establecida por la limitación de recursos que tenemos. Sería adecuado considerar que existen otras variables que inciden en la pobreza, además del aislamiento, y que tampoco la salud mejora únicamente combatiendo la circulación del covid (pensemos en el sinfín de enfermedades y padecimientos que sufren las personas bajo encierro).

Somos conscientes de que el proceso estímulo-reacción que se produce al restringir el funcionamiento de la economía genera más pobreza. De cualquier manera, existe una arista de todo este polígono de problemas que me preocupa sobremanera, y es la educación.

La triste historia de un país pobre se reduce en estos tiempos a que la falta de acceso a la educación sistémica (institucional) agrava una condición prexistente a la pandemia, como la consolidación de una generación de personas pobres con un mayor inconveniente de movilidad socioeconómica. La imposibilidad de acceder a la escuela conduce a que la pobreza se aferre estructuralmente en las clases sociales más frágiles, en un camino de ida que no podrá encontrar retorno hasta dentro de muchas generaciones (siempre cuando, en el mejor de los casos, comencemos a hacer las cosas bien HOY). Espero se entienda que no estoy cuestionando la decisión de un determinado Gobierno respecto de las medidas tomadas, porque lejos estoy de poder emitir una opinión fundada en materia de salud, sino que, sólo intento levantar la vista y focalizar en el horizonte, dimensionando la gravedad del problema que se nos avecina en el próximo decenio desde la perspectiva económica y social, materia que sí nos ocupa en este espacio.

Así, atravesamos tiempos en donde los alumnos pierden la posibilidad de aprender en un mundo, cada vez más, tecnológicamente alfabetizado. Ese niño o joven que no accede a una clase, ya sea por falta de materiales tecnológicos o de conectividad (o la razón que fuese), se cae de un tren que nunca más volverá a pasar, lo dejamos abandonado y sin refugio. Es una historia triste, pero real. Hay que asumirla para encontrar posibles soluciones. Será difícil y esperemos encontrarnos en las manos adecuadas, aunque de algo debemos estar seguro, y es que absolutamente todos tendremos que trabajar más para salir adelante.

Retomando la idea de los primeros párrafos, lo que intento lograr en esta crónica es poner en perspectiva la profundidad del dilema que estamos discutiendo, y que pareciera ser considerada por los sectores políticos (y el pueblo que se identifica con ellos) como una disputa mediática más. Mientras tanto, seguiremos sin comprender que la dificultad de elegir reside en la acción de resignar, a la cual se le suma una enorme mochila de culpa y dolor cuando en las decisiones de unos pocos está la vida de millones.

The Great Lockdown

Con movimientos drásticos, ciclotímicos y agresivos, corren tiempos donde las curvas bailan al compás de la dinámica y volatilidad con la que vive el humano de hoy. La crisis que atravesamos causada por la pandemia del Covid-19 se manifiesta principalmente como una crisis de oferta agregada, es decir, hubo un detenimiento de alrededor del 80% de la fuerza laboral (datos de abril de 2020). Por suerte, la ciencia económica reafirma sus dotes para actuar y sostener políticas efectivas con el objetivo de atenuar los procesos de caída de la economía

Qué medidas se tomaron?

La crisis fue contraatacada por los gobiernos desde la política fiscal y monetaria. La primera de ellas se corresponde con un paquete de medidas tendientes a asistir a la población en general, y en especial a aquellos sectores más perjudicados por la pandemia. Este paquete de medidas amplió el déficit fiscal de casi todos los países del mundo, y fue financiado principalmente por un elevado nivel de endeudamiento (para los países desarrollados), e inflación (principalmente para gran parte de los emergentes). Por otro lado, la política monetaria es la herramienta de mayor velocidad de reacción y se expresó mediante una reducción de las tasas de interés a 0% por parte de los bancos centrales más importantes del mundo (Fed, BCE, BC Japón) y una masiva emisión de billetes (QE). El efecto de la política monetaria en el mundo desarrollado impacta sobre todo en un fuerte incremento en los precios de los activos financieros, esto tiene por objetivo generar un efecto riqueza que culmine repercutiendo en una posterior mejora del consumo y reactivación general de la actividad económica.

Regiones más perjudicadas.

Los países desarrollados, y muchos de ellos con limitaciones de crecimiento, han aumentado preocupantemente su deuda. A pesar de ello, se puede decir que el impacto de sus políticas dieron aceptablemente en el objetivo. Mientras tanto, regiones como Latinoamérica y África padecen la frágil estructura previa para soportar este tipo de vaivenes. Mención especial merece China, quien, a pesar de los esfuerzos destructivos del virus, siguió creciendo.

Ganadores y perdedores

Dentro del grupo de los perdedores encontramos a sector petróleo, entretenimiento, turismo, aerolíneas, entre otros; mientras las tecnológicas como Amazon, Rappi, Netflix, Zoom, Facebook, Etc, generan valor. Se observa una aceleración de la tendencia a la robotización y digitalización que engloban un cambio de paradigma sobre las formas de producir, consumir y trabajar.

Qué mundo nos queda?

Llegamos a esta crisis con niveles elevados de deuda soberna global para dejarlos aún más altos de lo que estaban. Es decir, el déficit fiscal estimulado por paquetes de medidas de asistencia económica fue financiado principalmente por una deuda que se coloca más que nunca en el centro de la escena de las alertas.

Por otro lado, con una economía real recuperando, los activos financieros vuelan en precios consolidando la sospechada burbuja que lentamente fue provocando la secuencia de QEs durante los últimos 12 años. Hoy, con un incremento del 57% de la base monetaria en el último año y tasas de interés reales negativas, el equity se vuelve atractivo, aunque con una alta volatilidad. Mientras el mundo criptos se infla como una piñata.

Este tamaño de crisis nos deja cicatrices que no se borrarán jamás, traen consigo cambios irreversibles y nos recuerda a los que estudiamos estos temas que lo que se perdió, lamentablemente, no será fácil de recuperar.

LINK de la charla (Youtube):

Federico Michi

Ahorro bobo, absurdo y necesario

Comprar un dólar (USD) puede ser interpretado como un depósito de confianza en el banco central de Estados Unidos. Al mismo tiempo, quien no lo haya hecho a lo largo de la historia de este país seguramente ha perdido capital en reiteradas ocasiones. Parecería ser un comportamiento tan contradictorio como real, y tan absurdo como necesario.

No hay peor enemigo del crecimiento económico que la falta de inversión. Pero la inversión proviene del ahorro. Y cuando decimos ahorro en macroeconomía, estamos hablando de aquél que circula y permanece en el sistema financiero. Es decir, si comprás 100 dólares y los guardás en la mesita de luz de tu pieza, lo que acabás de hacer es eliminar 100 dólares que podrían haberse destinado a invertir. 100 dólares para invertir son 100 dólares que se destinan a comprar máquinas y contratar empleo, que a su vez producen más bienes y servicios para consumir.

Entonces, si es malo quitar ahorro del sistema, ¿por qué lo hacemos? Básicamente ¡por miedo o desconfianza! (Y, además, por falta de educación financiera). El argentino tiene un gran temor a la pérdida de su capital fundado en una serie de crisis devaluatorias, inflacionarias y confiscatorias que lo han sometido al punto de una agonía profunda y devastadora. Y como si no fuera suficiente, no sólo se trata de ahorro fuera del sistema, sino que, además, lo hacemos en moneda extranjera. Esto nos convierte en el segundo país con más dólares por habitante en el mundo, ¿detrás de quién? ¡Del mismo Estados Unidos! En total, si consideramos los dólares fuera y dentro del sistema financiero, triplicamos el valor de la deuda con el FMI (aproximadamente un 20% del PBI), aún sin contar los que tenemos en el exterior. No es tan complicado el asunto, ni tampoco tan grande la deuda, sino más bien pequeña la razón.

Ahora bien, veamos qué sucedió a lo largo de los últimos 3 años y dos meses para diferentes tipos de “inversores” argentinos:

Fuente: Elaboración Propia en base a datos oficiales.

El gráfico muestra la evolución relativa en el valor de índices y activos financieros. Así, encontramos al IPC (Índice de Precios al Consumidor) basado en la evolución de la inflación medida por INDEC; el dólar libre, basado en el precio del mercado informal; el Merval como índice que resume el rendimiento de las acciones argentinas; y el plazo fijo de acuerdo a las tasas del Banco Nación. Todo rendimiento por encima de la evolución del IPC tuvo ganancia de poder adquisitivo. Contrariamente, quién no alcanzó la altura de la barra gris, perdió poder de compra (rendimiento real negativo). Se observa entre los activos/índices seleccionados que únicamente el dólar logra superar la inflación en los últimos 3 años.

Podemos decir que somos una especie humana exótica que no parecería identificar las consecuencias de martillar a pesar de tener el dedo encima del clavo. Se trata de un ahorro bobo, basado en el egoísmo, falta de comprensión y, sobre todo, miedo. Al “ahorrar” en dólares fugamos capital que no se retroalimenta en la economía y pierde valor con el tiempo. Cuando sean las acciones, como pedacitos de empresas cotizantes, las que logren ganar en esta carrera a los demás índices y activos, podremos decir que la economía real encontrará un camino más parecido al crecimiento. Mientras tanto seguiremos luchando ingenuamente contra nuestra propia sombra.

Del déficit al ajuste: el triste camino a lo inevitable.

El problema económico elemental consiste en administrar recursos limitados en pos de satisfacer necesidades ilimitadas. Para hacerlo, es importante incorporar el concepto de Restricción Presupuestaria, desarrollado en cualquier curso inicial de economía, el cual nos pone de manifiesto el dilema de tener que elegir y resignar, porque toda elección conlleva un costo de oportunidad.

Cuando una unidad económica, ya sea una familia, ciudad, provincia o país, cree tener recursos ilimitados y no sabe resignar, gastando más de lo que le ingresa, podemos decir con seguridad que caerá en déficit. En el presente artículo intentaré contestar a tres preguntas sobre el déficit fiscal: ¿cómo surge? ¿cómo se financia? y ¿a dónde conduce?

¿Cómo surge?

La principal causa del déficit reside en algo tan sencillo e ignorado como el sentido común. ¿Es posible gastar más allá de la capacidad de generar ingresos? Sí, por supuesto, con la ayuda del crédito. La pregunta que le sigue, entonces, es ¿durante cuánto tiempo se podría gastar más de lo que ingresa? A lo que les respondo: “nada es para siempre”.

Una sociedad que resiste caprichosamente a la idea de moderar los gastos de manera tal que sean una función relativamente equilibrada de los ingresos, es una sociedad condenada a un espiral de fracasos recurrentes. Analicemos la siguiente sencilla ecuación:

Resultado Fiscal = Ingresos – Gastos

Los ingresos están compuestos principalmente por los impuestos. Como contrapartida, esos ingresos se gastan de acuerdo a los compromisos asumidos (y a la conveniencia política). Decimos que un Gobierno tiene déficit cuando el Resultado Fiscal es negativo, y superávit cuando es positivo. El estado “ideal” de la ecuación se encuentra cuando el Resultado Fiscal es igual a cero (equilibrio), que se da cuando los ingresos son iguales a los gastos.

Pongamos de punto de partida un Resultado Fiscal igual a cero, es decir, en donde no exista déficit ni superávit. A continuación, supongamos que el Gobierno decide incrementar el gasto (la razón de tal incremento es algo que no nos interesa en este texto). Entonces, si el Gobierno quisiera seguir manteniendo el Resultado Fiscal en cero, por una sencilla relación matemática, tal incremento en el gasto público deberá encontrar su equivalente incremento en los ingresos, pudiendo éstos aumentar a través de dos caminos posibles: 1) que la economía produzca más y tenga mayores ingresos (aumento de la base imponible) sin necesidad de modificar la tasa impositiva; 2) que la economía produzca lo mismo (estancamiento) o menos (recesión) y el Gobierno deba aumentar las tasas impositivas para mantener o aumentar niveles de recaudación (incremento de la presión tributaria). El segundo camino es el más doloroso, porque afecta la inversión y el emprendimiento, pudiendo provocar incluso fuga de capitales.

Sin embargo, ante una crisis, es razonable que los Gobiernos se vean obligados a gastar más intentando generar fuerzas anticíclicas. Mientras, los ingresos caen y se vuelve peligroso para la salud del sector privado realizar un incremento de la presión tributaria con el fin de sostener el equilibrio fiscal. Es así que, con ingresos a la baja y gastos en aumento, es natural caer en déficit fiscal.

¿Cómo se financia?

Habiéndose decidido asumir un determinado nivel déficit fiscal, el mismo debe ser financiado en el corto plazo de alguna de las siguientes formas: 1) mediante endeudamiento, y/o, 2) mediante emisión monetaria (inflación). La primera opción es posible gracias al acceso a los mercados de capitales. La segunda es la opción que estará siempre a disposición del Gobierno por poseer el monopolio en la impresión de billetes.

Independientemente del inevitable financiamiento de corto plazo, se podrá (o deberá) corregir el déficit en un plan de mediano y largo plazo que busque restablecer el equilibrio original mediante dos alternativas: 1) lograr crecimiento económico (incremento de ingresos), y/o, 2) realizar un ajuste fiscal (reducción del gasto). El crecimiento económico es una variable de difícil manipulación y altamente correlacionada con el ciclo económico mundial, mientras el ajuste del gasto surge de una mera (pero no simple) decisión.

Por lo tanto, podemos decir que resulta completamente absurdo cualquier planteo que, al mismo tiempo, cuestione un incremento de la deuda, critique la inflación y se resista a un ajuste en el gasto. Necesariamente, alguna de estas 3 variables deberá financiar el déficit. La solución es tan obvia que no comprenderla implica carecer de la capacidad de distinguir entre realidad y ficción. En el siguiente gráfico, que muestra la evolución del Resultado Fiscal en Argentina a lo largo de los últimos casi 60 años, observamos en color rojo que durante más del 90% del tiempo convivimos con déficit fiscal:

El gráfico no incluye el dato de déficit del 6,5% del PBI correspondiente al año 2020.
Fuente: IDESA en base a datos del Ministerio de Economía.

¿A dónde conduce?

No deja de ser perturbador que pocos hayan tomado consciencia de que el ajuste del gasto público se produce (y se produjo siempre) a pesar de la negación social, tras pretender financiar el déficit permanentemente con deuda e inflación (medidas de corto plazo). Es cierto que en términos nominales no se ha manifestado, pero el análisis se debe realizar en términos relativos. ¿Qué intento decir? Se los explico con un ejemplo:

El Sr. XX es empleado público, tiene un salario de $50.000 mensuales y no ha tenido aumentos en los últimos 18 meses. En septiembre de 2019, su salario en dólares era aproximadamente de 900, mientras que hoy alcanza los 350 (un ajuste del 61% en dólares).

Por otro lado, en pesos argentinos, podemos decir que a causa de la inflación (como fuente de financiamiento del déficit) el salario disminuyó en términos reales un 40%. Es decir, tenemos un 40% menos de poder de compra. Si esto no es ajuste, ¿entonces qué es? Como una ley de la física, el sostenimiento permanente del déficit genera inflación y endeudamiento, los cuales conducen a una última y única salida que alberga una serie de ajustes descontrolados. Si hay algo que nos deja en claro el mercado, es que “si el ajuste no lo hacés por las buenas, lo vas a hacer por las malas”.

Argentina es un país que padece una deficiencia cultural en la comprensión de una ecuación tan elemental como la que desarrollamos más arriba. No comprender este nivel de matemáticas, propio de un programa de los últimos años de la escuela primaria, proyectado a todos los ciudadanos de un país, produce el efecto delirante que consiste en soñar con vivir fuera de las posibilidades que la realidad ofrece. Nuestra sociedad no logra comprender que el déficit fiscal es un estado de alerta no deseado, que debe tender al equilibrio cuanto antes sea posible luego de atravesada una tormenta, de manera tal que se puedan dejar listos los cañones públicos para contraatacar en una próxima crisis. Nuestra sociedad debe lograr comprender que el camino debe iniciarse con un cambio de actitud cultural basado en el trabajo y en la producción, incrementando los ingresos, al mismo tiempo que debe educarse en una actitud de humildad para no exigir a todo gobierno que nos inyecte lujos cuando lo único que queda es veneno, desconociendo el triste camino a lo inevitable.

Federico E. Michi

Magíster en Finanzas

Criptomonedas: ¿Especulación con fundamento?

Si estás apurado por entrar al mercado de criptos porque te llegan noticias de que sube y no para de subir, te recomiendo que te tomes 5 minutos para reflexionar conmigo sobre el asunto

Lo primero que me gustaría contarte es que pocos, muy pocos, hacen una diferencia lo suficientemente sustancial como para aumentar fuertemente su riqueza invirtiendo en activos financieros. Recorre la sociedad argentina una interpretación errónea de los mercados de capitales asociándoselos a una “timba”, y es que se convierten en tal cuando los operás con esa lógica.

Ser trader es una tarea que implica comprar en momentos que un activo baja (corrige) y vender cuando sube (hace pico), en movimientos de muy corto plazo. Este tipo de operaciones son predominantemente especulativas, y si bien existen herramientas para llevarlas adelante, como el análisis técnico, aquellos que más provecho sacan son los grandes capitales. ¿Qué intento decir con esto?, veamos un ejemplo un tanto exagerado pero útil a los efectos prácticos: supongamos que tenés miles de millones de dólares en tu patrimonio y que sos una persona altamente influyente en el mundo de las finanzas, o simplemente, te llamás Elon Musk. ¿Qué podrías hacer? El día 1 comprás 1 millón de dólares en Bitcoins. El día 2 salís en todos los medios de comunicación y redes sociales a decir que Bitcoin es excelente, y que la empresa de autos futurista que dirigís va a aceptar la criptomoneda como medio de pago. ¿Qué pensás que va a suceder con el precio del Bitcoin al día 3? Exacto, va a subir. ¿Y qué va a hacer Elon musk ese día? Exacto, va a vender, embolsando una gran diferencia de dinero en cuestión de 48hs. Ahora bien, acá es donde te interpelo: ¿no estarás por comprar en el día 3? ¡Por eso, le pido a tu mente que se calme, o que al menos espere un poco!!!

Una segunda cuestión a tener en cuenta consiste en entender por qué y para qué querés invertir. Cuando un cliente me solicita una entrevista con el objetivo de buscar alternativas de inversión, lo primero que hago es preguntarle sobre toda su situación personal. Me refiero al patrimonio propio, compartido, tipo de bienes, niveles y fuentes de ingresos, relación con la pareja, hijos, padres, edades, deudas, niveles de gastos, y el principal objetivo por el cual quiere invertir: comprar una casa, viajar, comprar un auto, constituir un fondo jubilatorio o un fondo para financiar los estudios de un hijo. Es por ello que invertir en un activo involucra una cantidad de variables a tener en cuenta que no hace sencilla una respuesta rápida.

El tercer punto a considerar consiste en entender la naturaleza del activo en el cuál vas a invertir. Un activo es riesgoso o volátil cuando sufre variaciones en su precio tanto al alza como a la baja en magnitudes que en promedio difieren mucho del retorno medio. Así, un título de deuda soberana estadounidense sufre variaciones promedio anuales de alrededor del 10% mientras que Bitcoin se acerca a un esquizofrénico 100% ¡Esto sí que es riesgoso! Por ejemplo, alguien que compró 1 Bitcoin a 6 dólares en febrero de 2012 llegó a tener una inversión de 19.187 dólares el 16 de diciembre de 2017, para bajar a 6.949 dólares el 5 de febrero de 2018, hacer un máximo histórico de 57.376 dólares el 21 de febrero de 2021, con un nuevo retroceso a 47.580 dólares el 26 de febrero. Al observar el rendimiento de punta a punta, el activo se muestra agresivamente atractivo, pero se debe contemplar el análisis de entrada y salida de cada inversor para conocer el retorno individual.

Entonces, te vuelvo a preguntar ¿por qué querés invertir en Criptos? ¿Es porque realmente confiás en la tecnología, o porque está tan de moda como mirar Netflix? Si estás en la primera, ¡adelante!, no soy quién para cuestionarte. Ahora, si estás entre los segundos, te vuelvo a sugerir que te serenes y vayas poniendo tu serie favorita, porque las tormentas de precio a la baja y al alza no son para cualquiera, y porque probablemente si me estás leyendo es porque “tenés menos dinero que Elon Musk”.

Ahora sí, ¿qué es una criptomoneda?

Una criptomoneda es un activo financiero 100% digital que pretende cumplir la función de dinero. La particularidad que tiene, a diferencia del conocido dinero fiduciario que usamos todos los días, es que no existe una autoridad regulatoria que intermedie, como por ejemplo un banco, sino que opera mediante transferencia directa entre partes (por ello se las clasifica dentro del mundo de las finanzas descentralizadas). Muchas criptos utilizan una tecnología inventada en 1991 llamada Blockchain, la cual permite encriptar datos en un único registro y realizar transferencias de los mismos manteniendo el anonimato de las partes, al mismo tiempo que se hace posible realizar un seguimiento de la trazabilidad de los bloques de datos. Fue Bitcoin quien le confirió la fama a la tecnología, siendo una gran noticia en el año 2008. Es importante mencionar que, además de Bitcoin, existen otras criptos como Ether, Lite o Ripple (ésta, por ejemplo, utiliza una tecnología distinta a Blockchain), etc., cada una con sus diferencias, pero respetando la misma esencia.

Entonces, ¿qué les da valor a las criptomonedas?

Aquí reside uno de los puntos más controversiales de las critpos. La teoría tradicional de las finanzas sostiene que a un activo financiero de inversión le confiere valor la potencialidad de generar flujos de fondos futuros; en el caso de las acciones serán las ganancias de las empresas, y en el caso de los bonos serán los intereses que pagan. En cambio, el argumento de valor de las criptomonedas depende exclusivamente de la relación entre oferta y demanda, basado en una limitación de la cantidad programada de emisión, y un “frágil” supuesto de demanda elevada y en permanente expansión. Y digo “frágil demanda” porque son productos altamente sustituibles, por lo tanto, nada impide pensar que el día de mañana todos cambiemos nuestros gustos por otra moneda X dejando de lado a las hoy más conocidas.

¿Las criptos son dinero?

El dinero debe cumplir con 3 funciones básicas: 1) Reserva de valor: debe servir para ahorrar y acumular riqueza. 2) Unidad de cuenta: debe servir para expresar el valor de los demás bienes y servicios. 3) Medio de pago: debe servir para cancelar obligaciones y realizar transacciones.

No pareciera que las criptomonedas cumplan en la actualidad con estas 3 funciones al mismo tiempo. Como reserva de valor carecen de utilidad por su elevada volatilidad y difícil comprensión de su comportamiento; como unidad de cuenta nos obligaría a remarcar permanentemente los precios de los bienes y servicios por las variaciones que sufre la moneda (tanto al alza como a la baja); y, como medio de pago aun no encontramos una amplia aceptación de las criptos a la hora de comprar un calzado o una leche en el supermecado. Entonces, si una critpo no cumple con esas funciones, y tampoco generan flujos futuros de fondos, podemos sospechar que estén operando como un activo predominantemente especulativo. (Cabe aclarar que existen algunas criptomonedas con características que permiten cumplir independientemente con alguna de estas funciones, pero no las 3 al mismo tiempo).

Sin embargo, sí encuentro algunas similitudes entre las criptomonedas y el oro, el cual vale por su escasez y características químicas únicas. La condición de reservas limitadas y de no generación de flujos de fondos futuros abren mi imaginación a la posibilidad de un mundo no muy lejano donde las criptos desplacen al oro como activo de reserva de valor y hasta quizá como dinero. De cualquier manera, deberán aun luchar contra una historia de más de 5 mil años y encontrar un comportamiento de relativa razonabilidad y maduración aun no alcanzado, sin abandonar el riesgo de que sorpresivamente, dejen de ser demandadas.

En síntesis, no cuestiono la tecnología de fondo, Blockchain es maravillosa y tiene infinitas aplicaciones de utilidad. En la actualidad, sí cuestiono a las criptos como dinero o activo de inversión, y las entiendo como un activo predominantemente especulativo. Esto no quita la posibilidad de que ganen razonabilidad y comprensión en el futuro o de que destines una porción de tu cartera a invertir en ellas. Quizá sea necesario y probable arribar a una crisis originada en una explosión de una burbuja de precios para que la tecnología de las criptos madure y se utilice dentro de márgenes de razonabilidad, tal como hizo la crisis de las puntocom en 2001 con las acciones de empresas tecnológicas, y la crisis de las hipotecas Subprime en 2008 con los productos estructurados. Mientras tanto harán caminar por el umbral de la locura a más de uno, enriqueciendo y empobreciendo gente, con un amplio rango medio mirando un veloz partido de ping pong.

Federico E. Michi

Magíster en Finanzas

¿Sube el dólar o baja el peso?

El índice DXY

Un índice, como expresión numérica, surge de una relación entre dos o más variables representadas en un único valor que proporciona una mejor lectura de las mismas. Así, el DXY Index permite medir el valor del dólar estadounidense (USD) en relación a un conjunto de monedas, de manera tal que se pueda saber si se fortalece o debilita respecto de ellas. Para ello, el índice surge de un promedio ponderado de las cotizaciones del Euro, Libra Esterlina, Corona Sueca, Franco Suizo, YEN Japonés y Dólar Canadiense, medido en dólares estadounidenses. Cuando el índice aumenta de valor significa que el dólar se fortalece en promedio respecto de las demás monedas mencionadas, es decir, se aprecia. Al contrario, cuando el DXY cae, el dólar se deprecia.

Sin embargo, es habitual en Argentina leer o escuchar la frase “sube” o “baja el dólar”, pudiendo dicha aseveración no ser necesariamente cierta. Si medimos el valor del dólar en pesos argentinos nos estaríamos refiriendo al tipo de cambio nominal, cuyas variaciones se traducen en apreciaciones y depreciaciones del peso respecto del dólar. Entonces, cuando la cotización de la divisa aumenta, podemos sostener en principio que es el peso argentino el que se deprecia.

La moneda argentina tiene una tendencia a la depreciación causada por una presión inflacionaria permanente, restricciones al crédito en moneda extranjera y balanza comercial deficitaria. Al mismo tiempo, se vuelve interesante y tentador cruzar el análisis del valor de nuestra moneda con el DXY y extraer algunas conclusiones de ello.

En primer lugar, cuando el DXY muestra una apreciación del dólar estadounidense, se genera presión que tiende a elevar el valor del dólar medido en pesos argentinos; y, en segundo lugar, la apreciación del dólar genera presión de default de nuestras deudas en dólares. Observemos el siguiente gráfico:

Es notable la fase de debilitamiento del dólar entre enero de 2017 y enero de 2018, lo cual repercutió en una relativa estabilidad cambiaria para nuestro país en ese periodo. Luego, en 2018, los tipos de interés del Banco Central de EEUU comenzaron a subir, el dólar inició una fase de apreciación y provocó una crisis cambiaria y de acceso al crédito para Argentina y otros países emergentes. A partir de marzo de 2020, y como medida monetaria contracíclica por la crisis del COVID-19, el Banco Central de EEUU emitió masivamente dólares, colocó los tipos de interés en 0% y el dólar retomó su etapa de depreciación. Probablemente el debilitamiento del dólar en términos generales, puesto de manifiesto en el DXY Index, sea una fuerza más de las tendientes a contribuir en un proceso estabilizante del peso.

Así, en un mundo inundado de dólares, la divisa estadounidense se ha depreciado alrededor de un 10% durante el 2020, al mismo tiempo que países como Argentina se “benefician” por ser altos demandantes de la divisa. Es cierto que el proceso no alcanza a ser lo suficientemente fuerte como para disminuir el tipo de cambio nominal, pero debemos entender que la moneda argentina sufre de una inflación anual esperada del 50% para el 2021 que compensa el proceso. Quizá este análisis cruzado entre el peso argentino y el DXY Index aporte un punto de vista más, entre varios que ya existen, para intentar comprender la relativa estabilidad cambiaria que atravesamos desde los últimos días de octubre del 2020 hasta el día de hoy. De cualquier manera, y resalto este punto, el proceso inflacionario argentino va a ser una fuerza de arrastre del tipo de cambio para lo que queda del 2021.

Por Federico E. Michi

Magíster en Finanzas