
La inflación en Argentina acumula entre 2002 y 2021 aproximadamente un 10.000%; es decir, los precios se han incrementado, a nivel general, unas 100 veces. Además, nuestro país se ubica en el cuarto lugar de los países con mayor inflación del mundo, después de Venezuela, Sudán y Surinam, sobre un total de 193 países. Este proceso devastador de la planificación económica y causante de un conflicto social absolutamente desgastante, ataca con mayor crudeza a los más pobres, dejándolos expuestos a la marginalidad y a la merced del asistencialismo permanente.
En los siguientes renglones intentaré abordar la problemática desde un enfoque concreto y pragmático a través de un ejemplo creado a los efectos de iluminar en este tema del que tanto se habla y pareciera poco entenderse, de lo contrario, estaríamos todos trabajando juntos para combatirlo.
Analicemos la economía de dos personajes en una breve historia:
José gana $200.000 por mes, de los cuales destina $60.000 a gastos de subsistencia (el 30% de sus ingresos mensuales). Por otro lado, María gana $40.000 por mes, de los cuales destina $30.000 pesos a gastos de subsistencia (el 75% de sus ingresos mensuales). Si bien estas proporciones han sido elegidas arbitrariamente, permítanme suponer que en esos niveles de consumo está todo lo necesario para que una persona pueda gozar de un estándar de vida razonable: alimentación, salud, educación, trasporte, vestimenta y servicios elementales.
Primero que nada, cabe aclarar que en términos económicos José goza de mejor calidad de vida que María (podríamos decir el doble), ya que gasta más dinero en sus gastos de subsistencia. En segundo lugar, agregaremos que el dinero restante ($140.000 para José y $10.000 para María) se ahorran en un activo financiero que sigue a la perfección el ritmo de la inflación (supongamos un plazo fijo UVA o un bono ajustable por CER).
Resulta que el país donde viven nuestros personajes padece de una inflación preocupante, alcanzando el 33% para el año en cuestión. Por lo tanto, podemos decir que los gastos de subsistencia de ambas personas aumentarán en tal medida si suponemos que mantienen igual de nivel de consumo, es decir, no pierden calidad de vida. En tal caso, José incrementaría sus gastos nominales a $79.800 y María a $40.000.
El problema se presentará cuando no existan aumentos en sus ingresos, o los mismos aumenten por debajo de la inflación. Si presentamos un caso extremo, en donde ninguno de los personajes recibe aumentos en sus ingresos, podremos decir que María pasaría a consumir todo lo que gana, mientras que a José aún le sobra dinero para ahorrar. De esta manera, María queda expuesta a la posibilidad de que los próximos incrementos en sus ingresos se realicen por debajo de la inflación, teniendo que recurrir obligatoriamente a una reducción de su calidad de vida (deberá elegir entre resignar cantidad y/o calidad en los bienes y servicios que consume).
Si bien José se ve perjudicado por la situación, aun dispone de un elemento altamente valioso para circunstancias tan extremas: TIEMPO. El tiempo viene dado por los ahorros que haya podido generar y por un ingreso que aún le permite seguir soportando aumentos en los gastos de consumo sin resignar calidad de vida.
De esta manera, observamos que cuánto mayor proporción de su ingreso destina a consumos de subsistencia una persona, más frágil es su situación económica en contextos inflacionarios, y mucho más expuesta está al impuesto inflación, porque el mismo ejerce presión sobre una proporción mayor del ingreso que en el caso de una persona que goza de excedentes suficientes como para ahorrar. Es decir, cuánto mayor sea la proporción de los ingresos destinados a consumos de subsistencia de una persona, más alta será la tasa del impuesto inflacionario que se le aplica. En el caso de María, paga $10.000 de impuesto inflacionario (el 33% de $30.000 que consumía inicialmente) que representa el 25% de su ingreso (tasa del impuesto para María). Mientras que José paga $19.800 de impuesto inflacionario (el 33% de $60.000 que consumía inicialmente) el cual representa el 9,9% de su ingreso (tasa del impuesto para José). Es un claro ejemplo de lo que en el derecho tributario se denomina un impuesto regresivo, en donde la tasa del tributo castiga más a las personas que se encuentran en posiciones de menor capacidad contributiva. Es por ello que la inflación es conocida también como el impuesto a los pobres.
Retomemos la idea del TIEMPO. Cuando una persona dispone de tiempo es posible pensar, establecer estrategias y hasta asesorarse para invertir en activos que superen la inflación. Además, como la economía es cíclica, seguramente volverá a gozar de una recuperación de su ingreso real. Por lo tanto, dispone de un tanque de reserva que le permite ajustarse, pensar y recuperarse sin afectar su calidad de vida en esencia. Incluso aún, José podrá mandar a sus hijos a mejores colegios que María, y hasta podrá otorgarles la posibilidad de que accedan a la educación universitaria durante algún tiempo, quizá el suficiente como para que la situación económica le permita recuperar la situación inicial.
Por el contrario, el pobre queda siempre expuesto a la inflación, que lo afecta de manera directa y atenta rápidamente contra su calidad de vida, deteriorando su entorno inmediato y mediato, debido a que seguramente sus hijos no gocen de circunstancias que le permitan educarse y preparase en la medida que el mundo que viene les demande. ¡He aquí la pobreza estructural!
Es por ello que todo plan que pretenda reducir la pobreza deberá ir acompañado de un plan antiinflacionario serio y sostenible como política de Estado (más allá de cada Gobierno). Más inflación genera más pobreza, afirmación que se puede corroborar, más allá de nuestra breve y simple historia, al observar el podio de países más inflacionarios mencionados en el primer párrafo. Es necesario combatir la pobreza otorgando la posibilidad de que las personas logren un ascenso económico y social estructural, y no coyuntural. Para ello debemos comprender que “alimentar a los pobres” no es lo mismo que “alimentar la pobreza”. En la primera idea podemos otorgar la oportunidad de que una persona se desarrolle, crezca y se supere en mejores condiciones, mientras que, en la segunda, la única que absorbe los nutrientes de los alimentos es un sector de la clase política.
Federico Michi











